Mis Frases Favoritas

  • El amor concede a los demás el poder para destruirte. A mi me habían roto más allá de toda esperanza.
  • Es más, si hubiera alguna forma de convertirme en humano para estar contigo, no importa un precio, lo pagaría feliz.
  • No esto no cuenta!, Pare de envejecer hace 3 días! . Tendré 18 para siempre.
  • Satisfacción personal es una lujuria que puedes tener sólo después que tus enemigos hayan sido eliminados.
  • Te quiero a ti, y te quiero por siempre. Una vida es simplemente insuficiente para mí.
  • Soy Suiza. Me niego a verme afectada por disputas territoriales entre criaturas.
  • ...Si pudiera soñar seia contigo, y no me avergonzaria de ello.
  • ...Y así el león se enamoro de la oveja... Que oveja tan estupida... Que león tan morboso y masoquista...
  • ¿De cuantas maneras se puede destrozar un(L)y esperar de él que siga latiendo?
  • Mi vida era como una noche sin luna antes de encontrarte, muy oscura, pero al menos habían estrellas, puntos de luz y movimiento...
  • Puedes llevarte mi alma porque no la quiero sin ti. Ya es tuya.
  • Así que ya ves, el infierno no es tan malo si consigues mantener a un ángel a tu lado.
  • Hueles exactamente igual que siempre... Así que quizás esto sea el infierno. Y no me importa. Me parece bien.
  • Yo era como una luna, una luna cuyo planeta había resultado destruido.

28/3/09

8)  PORT ANGELES

Jessica conducía aún más deprisa que Charlie, por lo que estuvimos en Port Angeles a eso de las cuatro. Hacía bastante tiempo que no había tenido una salida nocturna sólo de chicas; el subidón del estrógeno resultó vigorizante. Escuchamos canciones de rock mientras Jessica hablaba sobre los chicos con los que solíamos estar. Su cena con Mike había ido muy bien y
esperaba que el sábado por la noche hubieran progresado hasta llegar a la etapa del primer beso. Sonreí para mis adentros, complacida. Angela estaba feliz de asistir al baile aunque en realidad no le interesaba Eric. Jess intentó hacerle confesar cuál era su tipo de chico, pero la interrumpí con una pregunta sobre vestidos poco después, para distraerla. Angela me dedicó una mirada de agradecimiento.
Port Angeles era una hermosa trampa para turistas, mucho más elegante y encantadora que Forks, pero Jessica y Angela la conocían bien, por lo que no planeaban desperdiciar el tiempo en el pintoresco paseo marítimo cerca de la bahía.
Jessica condujo directamente hasta una de las grandes tiendas de la ciudad, situada a unas pocas calles del área turística de la bahía.
Se había anunciado que el baile sería de media etiqueta y ninguna de nosotras sabía con exactitud qué significaba aquello. Jessica y Angela parecieron sorprendidas y casi no se lo creyeron cuando les dije que nunca había ido a ningún baile en
Phoenix.
— ¿Ni siquiera has tenido un novio ni nada por el estilo? —me preguntó Jess dubitativa mientras cruzábamos las puertas frontales de la tienda.
—De verdad —intentaba convencerla sin querer confesar mis problemas con el baile—. Nunca he tenido un novio ni nada que se le parezca. No salía mucho en Phoenix.
— ¿Por qué no? —quiso saber Jessica.
—Nadie me lo pidió —respondí con franqueza.
Parecía escéptica.
—Aquí te lo han pedido —me recordó—, y te has negado.
En ese momento estábamos en la sección de ropa juvenil, examinando las perchas con vestidos de gala.
—Bueno, excepto con Tyler —me corrigió Angela con voz suave.
— ¿Perdón? —me quedé boquiabierta—. ¿Qué dices?
—Tyler le ha dicho a todo el mundo que te va a llevar al baile de la promoción —me informó Jessica con suspicacia.
— ¿Que dice el qué?
Parecía que me estaba ahogando.
—Te dije que no era cierto —susurró Angela a Jessica.
Permanecí callada, aún en estado de shock, que rápidamente se convirtió en irritación. Pero ya habíamos encontrado la sección de vestidos y ahora teníamos trabajo por delante.
—Por eso no le caes bien a Lauren —comentó entre risitas Jessica mientras toqueteábamos la ropa.
Me rechinaron los dientes.
— ¿Crees que Tyler dejaría de sentirse culpable si lo atropellara con el monovolumen, que eso le haría perder el interés en disculparse y quedaríamos en paz?
—Puede —Jess se rió con disimulo—, si es que lo está haciendo por ese motivo.
La elección de los vestidos no fue larga, pero ambas encontraron unos cuantos que probarse. Me senté en una silla baja dentro del probador, junto a los tres paneles del espejo, intentando controlar mi rabia.
Jess se mostraba indecisa entre dos. Uno era un modelo sencillo, largo y sin tirantes; el otro, un vestido de color azul, con tirantes finos, que le llegaba hasta la rodilla. Angela eligió un vestido color rosa claro cuyos pliegues realzaban su alta figura y resaltaban los tonos dorados de su pelo castaño claro. Las felicité a ambas con profusión y las ayudé a colocar en las perchas los modelos descartados.
Nos dirigimos a por los zapatos y otros complementos. Me limité a observar y criticar mientras ellas se probaban varios pares, porque, aunque necesitaba unos zapatos nuevos, no estaba de humor para comprarme nada. La tarde noche de chicas siguió a la estela de mi enfado con Tyler, que poco a poco fue dejando espacio a la melancolía.
— ¿Angela? —comencé titubeante mientras ella intentaba calzarse un par de zapatos rosas con tacones y tiras. Estaba
alborozada de tener una cita con un chico lo bastante alto como para poder llevar tacones. Jessica se había dirigido hacia el
mostrador de la joyería y estábamos las dos solas.
Extendió la pierna y torció el tobillo para conseguir la mejor vista posible del zapato.
Me acobardé y dije:
—Me gustan.
—Creo que me los voy a llevar, aunque sólo van a hacer juego con este vestido —musitó.
—Venga, adelante. Están en venta —la animé.
Ella sonrió mientras volvía a colocar la tapa de una caja que contenía unos zapatos de color blanco y aspecto más
práctico. Lo intenté otra vez.
—Esto... Angela... —la aludida alzó los ojos con curiosidad.
— ¿Es normal que los Cullen falten mucho a clase?
Mantuvo los ojos fijos en los zapatos. Fracasé miserablemente en mi intento de parecer indiferente.
—Sí, cuando el tiempo es bueno agarran las mochilas y se van de excursión varios días, incluso el doctor —me contestó
en voz baja y sin dejar de mirar a los zapatos—. Les encanta vivir al aire libre.
No me formuló ni una pregunta en lugar de las miles que hubiera provocado la mía en los labios de Jessica. Angela
estaba empezando a caerme realmente bien.
—Vaya.
Zanjé el tema cuando Jessica regresó para mostrarnos un diamante de imitación que había encontrado en la joyería a
juego con sus zapatos plateados.
Habíamos planeado ir a cenar a un pequeño restaurante italiano junto al paseo marítimo, pero la compra de la ropa nos
había llevado menos tiempo del esperado. Jess y Angela fueron a dejar las compras en el coche y entonces bajamos dando un
paseo hacia la bahía. Les dije que me reuniría con ellas en el restaurante en una hora, ya que quería buscar una librería. Ambas
se mostraron deseosas de acompañarme, pero las animé a que se divirtieran. Ignoraban lo mucho que me podía abstraer cuando
estaba rodeada de libros, era algo que prefería hacer sola. Se alejaron del coche charlando animadamente y yo me encaminé en
la dirección indicada por Jess.
No hubo problema en encontrar la librería, pero no tenían lo que buscaba. Los escaparates estaban llenos de vasos de

cristal,
dreamcatchers
y libros sobre sanación espiritual. Ni siquiera entré. Desde fuera vi a una mujer de cincuenta años con una
2
melena gris que le caía sobre la espalda. Lucía un vestido de los años sesenta y sonreía cordialmente detrás de un mostrador.
Decidí que era una conversación que me podía evitar. Tenía que haber una librería normal en la ciudad.
Anduve entre las calles, llenas por el tráfico propio del final de la jornada laboral, con la esperanza de dirigirme hacia el
centro. Caminaba sin saber adonde iba porque luchaba contra la desesperación, intentaba no pensar en él con todas mis fuerzas
y,
por encima de todo, pretendía acabar con mis esperanzas para el viaje del sábado, temiendo una decepción aún más dolorosa
que el resto. Cuando alcé los ojos
y
vi un Volvo plateado aparcado en la calle todo se me vino encima.
Vampiro estúpido y voluble,
pensé.
Avancé pisando fuerte en dirección sur, hacia algunas tiendas de escaparates de apariencia prometedora, pero cuando
llegué al lugar, sólo se trataba de un establecimiento de reparaciones
y
otro que estaba desocupado. Aún me quedaba mucho
tiempo para ir en busca de Jess
y
Angela, y necesitaba recuperar el ánimo antes de reunirme con ellas. Después de mesarme los
cabellos un par de veces al tiempo que suspiraba profundamente, continué para doblar la esquina.
Al cruzar otra calle comencé a darme cuenta de que iba en la dirección equivocada. Los pocos viandantes que había
visto se dirigían hacia el norte y la mayoría de los edificios de la zona parecían almacenes. Decidí dirigirme al este en la
siguiente esquina y luego dar la vuelta detrás de unos bloques de edificios para probar suerte en otra calle y regresar al paseo
marítimo.
Un grupo de cuatro hombres doblaron la esquina a la que me dirigía. Yo vestía de manera demasiado informal para ser
alguien que volvía a casa después de la oficina, pero ellos iban demasiado sucios para ser turistas. Me percaté de que no debían
de tener muchos más años que yo conforme se fueron aproximando. Iban bromeando entre ellos en voz alta, riéndose
escandalosamente y dándose codazos unos a otros. Salí pitando lo más lejos posible de la parte interior de la acera para dejarles
vía libre, caminé rápidamente mirando hacia la esquina, detrás de ellos.
— ¡Eh, ahí! —dijo uno al pasar.
Debía de estar refiriéndose a mí, ya que no había nadie más por los alrededores. Alcé la vista de inmediato. Dos de ellos
se habían detenido y los otros habían disminuido el paso. El más próximo, un tipo corpulento, de cabello oscuro y poco más de
veinte años, era el que parecía haber hablado. Llevaba una camisa de franela abierta sobre una camiseta sucia, unos vaqueros
con desgarrones y sandalias. Avanzó medio paso hacia mí.
— ¡Pero bueno! —murmuré de forma instintiva.
Entonces desvié la vista y caminé más rápido hacia la esquina. Les podía oír reírse estrepitosamente detrás de mí.
— ¡Eh, espera! —gritó uno de ellos a mis espaldas, pero mantuve la cabeza gacha y doblé la esquina con un suspiro de
alivio. Aún les oía reírse ahogadamente a mis espaldas.
Me encontré andando sobre una acera que pasaba junto a la parte posterior de varios almacenes de colores sombríos,
cada uno con grandes puertas en saliente para descargar camiones, cerradas con candados durante la noche. La parte sur de la
calle carecía de acera, consistía en una cerca de malla metálica rematada en alambre de púas por la parte superior con el fin de
proteger algún tipo de piezas mecánicas en un patio de almacenaje. En mi vagabundeo había pasado de largo por la parte de
Port Angeles que tenía intención de ver como turista. Descubrí que anochecía cuando las nubes regresaron, arracimándose en el
horizonte de poniente, creando un ocaso prematuro. Al oeste, el cielo seguía siendo claro, pero, rasgado por rayas naranjas y
rosáceas, comenzaba a agrisarse. Me había dejado la cazadora en el coche y un repentino escalofrío hizo que me abrazara con
fuerza el torso. Una única furgoneta pasó a mi lado y luego la carretera se quedó vacía.
De repente, el cielo se oscureció más y al mirar por encima del hombro para localizar a la nube causante de esa
penumbra, me asusté al darme cuenta de que dos hombres me seguían sigilosamente a seis metros.
Formaban parte del mismo grupo que había dejado atrás en la esquina, aunque ninguno de los dos era el moreno que se
había dirigido a mí. De inmediato, miré hacia delante y aceleré el paso. Un escalofrío que nada tenía que ver con el tiempo me
recorrió la espalda. Llevaba el bolso en el hombro, colgando de la correa cruzada alrededor del pecho, como se suponía que
tenía que llevarlo para evitar que me lo quitaran de un tirón. Sabía exactamente dónde estaba mi aerosol de autodefensa, en el
talego de debajo de la cama que nunca había llegado a desempaquetar. No llevaba mucho dinero encima, sólo veintitantos
dólares, pero pensé en arrojar «accidentalmente» el bolso y alejarme andando. Mas una vocecita asustada en el fondo de mi
mente me previno que podrían ser algo peor que ladrones.
Escuché con atención los silenciosos pasos, mucho más si se los comparaba con el bullicio que estaban armando antes.
No parecía que estuvieran apretando el paso ni que se encontraran más cerca.
Respira,
tuve que recordarme.
No sabes si te están
siguiendo.
Continué andando lo más deprisa posible sin llegar a correr, concentrándome en el giro que había a mano derecha, a
pocos metros. Podía oírlos a la misma distancia a la que se encontraban antes. Procedente de la parte sur de la ciudad, un coche
azul giró en la calle y pasó velozmente a mi lado. Pensé en plantarme de un salto delante de él, pero dudé, inhibida al no saber
si realmente me seguían, y entonces fue demasiado tarde.
Llegué a la esquina, pero una rápida ojeada me mostró un callejón sin salida que daba a la parte posterior de otro
edificio. En previsión, ya me había dado media vuelta. Debía rectificar a toda prisa, cruzar como un bólido el estrecho paseo y
volver a la acera. La calle finalizaba en la próxima esquina, donde había una señal de
stop.
Me concentré en los débiles pasos
que me seguían mientras decidía si echar a correr o no. Sonaban un poco más lejanos, aunque sabía que, en cualquier caso, me
podían alcanzar si corrían. Estaba segura de que tropezaría y me caería de ir más deprisa. Las pisadas sonaban más lejos, sin
duda, y por eso me arriesgué a echar una ojeada rápida por encima del hombro. Vi con alivio que ahora estaban a doce metros
de mí, pero ambos me miraban fijamente.
El tiempo que me costó llegar a la esquina se me antojó una eternidad. Mantuve un ritmo vivo, hasta el punto de
rezagarlos un poco más con cada paso que daba. Quizás hubieran comprendido que me habían asustado y lo lamentaban. Vi
cruzar la intersección a dos automóviles que se dirigieron hacia el norte. Estaba a punto de llegar, y suspiré aliviada. En cuanto
hubiera dejado aquella calle desierta habría más personas a mí alrededor. En un momento doblé la esquina con un suspiro de
agradecimiento.
Y me deslicé hasta el
stop.

A ambos lados de la calle se alineaban unos muros blancos sin ventanas. A lo lejos podía ver dos intersecciones, farolas, automóviles y más peatones, pero todos ellos estaban demasiado lejos, ya que los otros dos hombres del grupo estaban en
mitad de la calle, apoyados contra un edificio situado al oeste, mirándome con unas sonrisas de excitación que me dejaron petrificada en la acera. Súbitamente comprendí que no me habían estado siguiendo.
Me habían estado conduciendo como al ganado.
Me detuve por unos breves instantes, aunque me pareció mucho tiempo. Di media vuelta y me lancé como una flecha hacia el otro lado dé la acera. Tuve la funesta premonición de que era un intento estéril. Las pisadas que me seguían se oían más fuertes.
— ¡Ahí está!
La voz atronadora del tipo rechoncho de pelo negro rompió la intensa quietud y me hizo saltar. En la creciente oscuridad parecía que iba a pasar de largo.
— ¡Sí! —Gritó una voz a mis espaldas, haciéndome dar otro salto mientras intentaba correr calle abajo—. Apenas nos hemos desviado.
Ahora debía andar despacio. Estaba acortando con demasiada rapidez la distancia respecto a los dos que esperaban apoyados en la pared. Era capaz de chillar con mucha potencia e inspiré aire, preparándome para proferir un grito, pero tenía la garganta demasiado seca para estar segura del volumen que podría generar. Con un rápido movimiento deslicé el bolso por encima de la cabeza y aferré la correa con una mano, lista para dárselo o usarlo como arma, según lo dictasen las circunstancias.
El gordo, ya lejos del muro, se encogió de hombros cuando me detuve con cautela y caminó lentamente por la calle.
—Apártese de mí —le previne con voz que se suponía debía sonar fuerte y sin miedo, pero tenía razón en lo de la
garganta seca, y salió... sin volumen.
—No seas así, ricura —gritó, y una risa ronca estalló detrás de mí.
Separé los pies, me aseguré en el suelo e intenté recordar, a pesar del pánico, lo poco de autodefensa que sabía. La base
de la mano hacia arriba para romperle la nariz, con suerte, o incrustándosela en el cerebro. Introducir los dedos en la cuenca del
ojo, intentando enga ncharlos alrededor del hueso para sacarle el ojo. Y el habitual rodillazo a la ingle, por supuesto. Esa misma
vocecita pesimista habló de nuevo para recordarme que probablemente no tendría ninguna oportunidad contra uno, y eran
cuatro.
« ¡Cállate!»,
le ordené a la voz antes de que el pánico me incapacitara. No iba a caer sin llevarme a alguno conmigo.
Intenté tragar saliva para ser capaz de proferir un grito aceptable.
Súbitamente, unos faros aparecieron a la vuelta de la esquina. El coche casi atropello al gordo, obligándole a retroceder
hacia la acera de un salto. Me lancé al medio de la carretera. Ese auto iba a pararse o tendría que atropellarme, pero, de forma
totalmente inesperada, el coche plateado derrapó hasta detenerse con la puerta del copiloto abierta a menos de un metro.
—Entra —ordenó una voz furiosa.
Fue sorprendente cómo ese miedo asfixiante se desvaneció al momento, y sorprendente también la repentina sensación
de seguridad que me invadió, incluso antes de abandonar la calle, en cuanto oí
su
voz. Salté al asiento y cerré la puerta de un
portazo.
El interior del coche estaba a oscuras, la puerta abierta no había proyectado ninguna luz, por lo que a duras penas
conseguí verle el rostro gracias a las luces del salpicadero. Los neumáticos chirriaron cuando rápidamente aceleró y dio un
volantazo que hizo girar el vehículo hacia los atónitos hombres de la calle antes de dirigirse al norte de la ciudad. Los vi de
refilón cuando se arrojaron al suelo mientras salíamos a toda velocidad en dirección al puerto.
—Ponte el cinturón de seguridad —me ordenó; entonces comprendí que me estaba aferrando al asiento con las dos
manos.
Le obedecí rápidamente. El chasquido al enganchar el cinturón sonó con fuerza en la penumbra. Se desvió a la
izquierda para avanzar a toda velocidad, saltándose varias señales de
stop
sin detenerse.
Pero me sentía totalmente segura y, por el momento, daba igual adonde fuéramos. Le miré con profundo alivio, un
alivio que iba más allá de mi repentina liberación. Estudié las facciones perfectas del rostro de Edward a la escasa luz del
salpicadero, esperando a recuperar el aliento, hasta que me pareció que su expresión reflejaba una ira homicida.
— ¿Estás enfadado conmigo? —le pregunté, sorprendida de lo ronca que sonó mi voz.
—No —respondió tajante, pero su tono era de furia.
Me quedé en silencio, contemplando su cara mientras él miraba al frente con unos ojos rojos como brasas, hasta que el
coche se detuvo de repente. Miré alrededor, pero estaba demasiado oscuro para ver otra cosa que no fuera la vaga silueta de los
árboles en la cuneta de la carretera. Ya no estábamos en la ciudad.
— ¿Bella? —preguntó con voz tensa y mesurada.
— ¿Sí?
Mi voz aún sonaba ronca. Intenté aclararme la garganta en silencio.
— ¿Estás bien?
Aún no me había mirado, pero la rabia de su cara era evidente.
—Sí —contesté con voz ronca.
—Distráeme, por favor —ordenó.
—Perdona, ¿qué?
Suspiró con acritud.
—Limítate a charlar de cualquier cosa insustancial hasta que me calme —aclaró mientras cerraba los ojos y se pellizcaba
el puente de la nariz con los dedos pulgar e índice.
—Eh... —me estrujé los sesos en busca de alguna trivialidad—. Mañana antes de clase voy a atropellar a Tyler Crowley.
Edward siguió con los ojos cerrados, pero curvó la comisura de los labios.
— ¿Por qué?
—Va diciendo por ahí que me va a llevar al baile de promoción... O está loco o intenta hacer olvidar que casi me mata
cuando... Bueno, tú lo recuerdas, y cree que la promoción es la forma adecuada de hacerlo. Estaremos en paz si pongo en
peligro su vida y ya no podrá seguir intentando enmendarlo. No necesito enemigos, y puede que Lauren se apacigüe si Tyler
me deja tranquila. Aunque también podría destrozarle el Sentra. No podrá llevar a nadie al baile de fin de curso si no tiene
coche... —proseguí.
—Estaba enterado —sonó algo más sosegado.
— ¿Sí? —pregunté incrédula; mi irritación previa se enardeció—. Si está paralítico del cuello para abajo, tampoco podrá
ir al baile de fin de curso —musité, refinando mi plan.
Edward suspiró y al fin abrió los ojos.
— ¿Estás bien?
—En realidad, no.
Esperé, pero no volvió a hablar. Reclinó la cabeza contra el asiento y miró el techo del Volvo. Tenía el rostro rígido.
— ¿Qué es lo que pasa? —inquirí con un hilo de voz.
—A veces tengo problemas con mi genio, Bella.
También él susurraba, y no dejaba de mirar por la ventana mientras lo hacía, con los ojos entrecerrados.
—Pero no me conviene dar media vuelta y dar caza a esos... —no terminó la frase, desvió la mirada y volvió a luchar
por controlar la rabia. Luego, continuó—: Al menos, eso es de lo que me intento convencer.
—Ah.
La palabra parecía inadecuada, pero no se me ocurría una respuesta mejor. De nuevo permanecimos sentados en
silencio. Miré el reloj del salpicadero, que marcaba las seis y media pasadas.
—Jessica y Angela se van a preocupar —murmuré—. Iba a reunirme con ellas.
Arrancó el motor sin decir nada más, girando con suavidad y regresando rápidamente hacia la ciudad. Siguió
conduciendo a gran velocidad cuando estuvimos bajo las lámparas, sorteando con facilidad los vehículos más lentos que
cruzaban el paseo marítimo. Aparcó en paralelo al bordillo en un espacio que yo habría considerado demasiado pequeño para
el Volvo, pero él lo encajó sin esfuerzo al primer intento. Miré por la ventana en busca de las luces de
La Bella Italia.
Jess y
Angela acababan de salir y se alejaban caminando con rapidez.
— ¿Cómo sabías dónde...? —comencé, pero luego me limité a sacudir la cabeza. Oí abrirse la puerta y me giré para verle
salir.
— ¿Qué haces?
—Llevarte a cenar.
Sonrió levemente, pero la mirada continuaba siendo severa. Se alejó del coche y cerró de un portazo. Me peleé con el
cinturón de seguridad y me apresuré a salir también del coche. Me esperaba en la acera y habló antes de que pudiera despegar
los labios.
—Detén a Jessica y Angela antes de que también deba buscarlas a ellas. Dudo que pudiera volver a contenerme si me
tropiezo otra vez con tus amigos.
Me estremecí ante el tono amenazador de su voz.
— ¡Jess, Angela! —les grité, saludando con el brazo cuando se volvieron. Se apresuraron a regresar. El manifiesto alivio
de sus rostros se convirtió en sorpresa cuando vieron quién estaba a mi lado. A unos metros de nosotros, vacilaron.
— ¿Dónde has estado? —preguntó Jessica con suspicacia.
—Me perdí —admití con timidez—, y luego me encontré con Edward.
Le señalé con un gesto.
— ¿Os importaría que me uniera a vosotras? —preguntó con voz sedosa e irresistible. Por sus rostros estupefactos supe
que él nunca antes había empleado a fondo sus talentos con ellas.
—Eh, sí, claro —musitó Jessica.
—De hecho —confesó Angela—, Bella, lo cierto es que ya hemos cenado mientras te esperábamos... Perdona.
—No pasa nada —me encogí de hombros—. No tengo hambre.
—Creo que deberías comer algo —intervino Edward en voz baja, pero autoritaria. Buscó a Jessica con la mirada y le
habló un poco más alto—: ¿Os importa que lleve a Bella a casa esta noche? Así, no tendréis que esperar mientras cena.
—Eh, supongo que no... hay problema...
Jess se mordió el labio en un intento de deducir por mi expresión si era eso lo que yo quería. Le guiñé un ojo. Nada
deseaba más que estar a solas con mi perpetuo salvador. Había tantas preguntas con las que no le podía bombardear mientras
no estuviéramos solos...
—De acuerdo —Angela fue más rápida que Jessica—. Os vemos ma ñana, Bella, Edward...
Tomó la mano de Jessica y la arrastró hacia el coche, que pude ver un poco más lejos, aparcado en First Street. Cuando
entraron, Jess se volvió y me saludó con la mano. Por su rostro supe que se moría de curiosidad. Le devolví el saludo y esperé a
que se alejaran antes de volverme hacia Edward.
—De verdad, no tengo hambre —insistí mientras alzaba la mirada para estudiar su rostro. Su expresión era
inescrutable.
—Compláceme.
Se dirigió hasta la puerta del restaurante y la mantuvo abierta con gesto obstinado. Evidentemente, no había discusión
posible. Pasé a su lado y entré con un suspiro de resignación.
Era temporada baja para el turismo en Port Angeles, por lo que el restaurante no estaba lleno. Comprendí el brillo de los
ojos de nuestra anfitriona mientras evaluaba a Edward. Le dio la bienvenida con un poco más de entusiasmo del necesario. Me
sorprendió lo mucho que me molestó. Me sacaba varios centímetros y era rubia de bote.
— ¿Tienen una mesa para dos? —preguntó Edward con voz tentadora, lo pretendiese o no.
Vi cómo los ojos de la rubia se posaban en mí y luego se desvia ban, satisfecha por mi evidente normalidad y la falta de
contacto entre Edward y yo. Nos condujo a una gran mesa para cuatro en el centro de la zona más concurrida del comedor.
Estaba a punto de sentarme cuando Edward me indicó lo contrario con la cabeza.
— ¿Tiene, tal vez, algo más privado? —insistió con voz sua ve a la anfitriona. No estaba segura, pero me pareció que le
entregaba discretamente una propina. No había visto a nadie rechazar una mesa salvo en las viejas películas.
—Naturalmente —parecía tan sorprendida como yo. Se giró y nos condujo alrededor de una mampara hasta llegar a
una sala de reservados—. ¿Algo como esto?
—Perfecto.
Le dedicó una centelleante sonrisa a la dueña, dejándola momentáneamente deslumbrada.
—Esto... —sacudió la cabeza, bizqueando—. Ahora mismo les atiendo.
Se alejó caminando con paso vacilante.
—De veras, no deberías hacerle eso a la gente —le critiqué—. Es muy poco cortés.
— ¿Hacer qué?
—Deslumbrarla... Probablemente, ahora está en la cocina hiperventilando.
Pareció confuso.
—Oh, venga —le dije un poco dubitativa—. Tienes que saber el efecto que produces en los demás.
Ladeó la cabeza con los ojos llenos de curiosidad.
— ¿Los deslumbro?
— ¿No te has dado cuenta? ¿Crees que todos ceden con tanta facilidad?
Ignoró mis preguntas.
— ¿Te deslumbro a ti?
—Con frecuencia —admití.
Entonces llegó la camarera, con rostro expectante. La anfitriona había hecho mutis por el foro definitivamente, y la
nueva chica no parecía decepcionada. Se echó un mechón de su cabello negro detrás de la oreja, y sonrió con innecesaria
calidez.
—Hola. Me llamo Amber y voy a atenderles esta noche. ¿Qué les pongo de beber?
No pasé por alto que sólo se dirigía a él. Edward me miró.
—Voy a tomar una CocaCola.
Pareció una pregunta.
—Dos —dijo él.
—Enseguida las traigo —le aseguró con otra sonrisa innecesaria, pero él no lo vio, porque me miraba a mí.
— ¿Qué pa sa? —le pregunté cuando se fue la camarera. Tenía la mirada fija en mi rostro.
— ¿Cómo te sientes?
—Estoy bien —contesté, sorprendida por la intensidad.
— ¿No tienes ma reos, ni frío, ni malestar...?
y
— ¿Debería?
Se rió entre dientes ante la perplejidad de mi respuesta.

—Bueno, de hecho esperaba que entraras en estado de
shock.
Su rostro se contrajo al esbozar aquella perfecta sonrisa de picardía.
—Dudo que eso vaya a suceder —respondí después de tomar aliento—. Siempre se me ha dado muy bien reprimir las
cosas desagradables.
—Da igual, me sentiré mejor cuando hayas tomado algo de glucosa y comida.
La camarera apareció con nuestras bebidas y una cesta de colines en ese preciso momento. Permaneció de espaldas a mí
mientras las colocaba sobre la mesa.
— ¿Han decidido qué van a pedir? —preguntó a Edward.
— ¿Bella? —inquirió él.
Ella se volvió hacia mí a regañadientes. Elegí lo primero que vi en el menú.
—Eh... Tomaré el ravioli de setas.
— ¿Y usted?
Se volvió hacia Edward con una sonrisa.
—Nada para mí —contestó.

No, por supuesto que no.
—Si cambia de opinión, hágamelo saber.
La sonrisa coqueta seguía ahí, pero él no la miraba y la camarera se marchó descontenta.
—Bebe —me ordenó.
Al principio, di unos sorbitos a mi refresco obedientemente; luego, bebí a tragos más largos, sorprendida de la sed que
tenía. Comprendí que me la había termina do toda cuando Edward empujó su vaso hacia mí.
—Gracias —murmuré, aún sedienta.
El frío del refresco se extendió por mi pecho y me estremecí.
— ¿Tienes frío?
—Es sólo la Coca—Cola —le expliqué mientras volvía a estremecerme.
— ¿No tienes una cazadora? —me reprochó.
—Sí —miré a la vacía silla contigua y caí en la cuenta—. Vaya, me la he dejado en el coche de Jessica.
Edward se quitó la suya. No podía apartar los ojos de su rostro, simplemente. Me concentré para obligarme a hacerlo en
ese momento. Se estaba quitando su cazadora de cueto beis debajo de la cual llevaba un suéter de cuello vuelto que se ajustaba
muy bien, resaltando lo musculoso que era su pecho.
Me entregó su cazadora y me interrumpió mientras me lo comía con los ojos.
—Gracias —dije nuevamente mientas deslizaba los brazos en su cazadora.
La prenda estaba helada, igual que cuando me ponía mi ropa a primera hora de la maña na, colgada en el vestíbulo, en
el que hay mucha corriente de aire. Tirité otra vez. Tenía un olor asombroso. Lo olisqueé en un intento de identificar aquel
delicioso aroma, que no se parecía a ninguna colonia. Las mangas eran demasiado largas y las eché hacia atrás para tener libres
las manos.
—Tu piel tiene un aspecto encantador con ese color azul —observó mientras me miraba. Me sorprendió y bajé la vista,
sonrojada, por supuesto.
Empujó la cesta con los colines hacia mí.
—No voy a entrar en estado de
shock,
de verdad —protesté.
—Pues deberías, una persona normal lo haría, y tú ni siquiera pareces alterada.
Daba la impresión de estar desconcertado. Me miró a los ojos y vi que los suyos eran claros, má s claros de lo que
anteriormente los había visto, de ese tono dorado que tiene el sirope de caramelo.
—Me siento segura contigo —confesé, impelida a decir de nuevo la verdad. ,
Aquello le desagradó y frunció su frente de alabastro. Ceñudo, sacudió la cabeza y murmuró para sí:
—Esto es más complicado de lo que pensaba.
Tomé un colín y comencé a mordisquearlo por un extremo, evaluando su expresión. Me pregunté cuándo sería el
momento oportuno para empezar a interrogarle.
—Normalmente estás de mejor humor cuando tus ojos brillan —comenté, intentando distraerle de cualquiera que fuera
el pensamiento que le ha bía dejado triste y sombrío. Atónito, me miró.
— ¿Qué?
—Estás de mal humor cuando tienes los ojos negros. Entonces, me lo veo venir —continué—. Tengo una teoría al
respecto.
Entrecerró los ojos y dijo:
— ¿Más teorías?
—Aja.
Mastiqué un colín al tiempo que intentaba parecer indiferente.
—Espero que esta vez seas más creativa, ¿o sigues tomando ideas de los tebeos?
La imperceptible sonrisa era burlona, pero la mirada se mantuvo severa.
—Bueno, no. No la he sacado de un tebeo, pero tampoco me la he inventado—confesé.
— ¿Y? —me incitó a seguir, pero en ese momento la camarera apareció detrás de la mampara con mi comida.
Me di cuenta de que, inconscientemente, nos habíamos ido inclinando cada vez más cerca uno del otro, ya que ambos
nos erguimos cuando se aproximó. Dejó el plato delante de mí —tenía buena pinta— y rápidamente se volvió hacia Edward
para preguntarle:
— ¿Ha cambiado de idea? ¿No hay nada que le pueda ofrecer?
Capté el doble significado de sus palabras.
—No, gracias, pero estaría bien que nos trajera algo más de beber.
Él señaló los vasos vacíos que yo tenía delante con su larga mano blanca.
—Claro.
Quitó los vasos vacíos y se marchó.
— ¿Qué decías?
—Te lo diré en el coche.
Si...
—hice una pausa.
— ¿Hay condiciones?
Su voz sonó ominosa. Enarcó una ceja.
—Tengo unas cuantas preguntas, por supuesto.
—Por supuesto.
La camarera regresó con dos vasos de CocaCola. Los dejó sobre la mesa sin decir nada y se marchó de nuevo. Tomé un
sorbito.
—Bueno, adelante —me instó, aún con voz dura.
Comencé por la pregunta menos exigente. O eso creía.
— ¿Por qué estás en Port Angeles?
Bajó la vista y cruzó las manos alargadas sobre la mesa muy despacio para luego mirarme a través de las pestañas
mientras aparecía en su rostro el indicio de una sonrisa afectada.
—Siguiente pregunta.
—Pero ésa es la más fácil —objeté.
—La siguiente —repitió.
Frustrada, bajé los ojos. Moví los platos, tomé el tenedor, pinché con cuidado un ravioli y me lo llevé a la boca con
deliberada lentitud, pensando al tiempo que masticaba. Las setas estaban muy ricas. Tragué y bebí otro sorbo de mi refresco
antes de levantar la vista.
—En tal caso, de acuerdo —le miré y proseguí lentamente—. Supongamos que, hipotéticamente, alguien es capaz de...
saber qué piensa la gente, de leer sus mentes, ya sabes, salvo unas cuantas excepciones.
—Sólo
una
excepción —me corrigió—, hipotéticamente.
—De acuerdo entonces, una sola excepción.
Me estremecí cuando me siguió el juego, pero intenté parecer despreocupada.
— ¿Cómo funciona? ¿Qué limitaciones tiene? ¿Cómo podría ese alguien... encontrar a otra persona en el momento
adecuado? ¿Cómo sabría que ella está en un apuro?
— ¿Hipotéticamente?
—Bueno, si... ese alguien...
—Suponga mos que se llama Joe —sugerí.
Esbozó una sonrisa seca.
—En ese caso, Joe. Si Joe hubiera estado atento, la sincronización no tendría por qué haber sido tan exacta —negó con la
cabeza y puso los ojos en blanco——. Sólo tú podrías meterte en líos en un sitio tan pequeño. Destrozarías las estadísticas de
delincuencia para una década, ya sabes.
—Estamos hablando de un caso hipotético —le recordé con frialdad.
Se rió de mí con ojos tiernos.
—Sí, cierto —aceptó—. ¿Qué tal si la llamamos Jane?
¿—Cómo lo supiste? —pregunté, incapaz de refrenar mi ansiedad. Comprendí que volvía a inclinarme hacia él.
Pareció titubear, dividido por algún dilema interno. Nuestras miradas se encontraron e intuí que en ese preciso instante
estaba tomando la decisión de si decir o no la verdad.
—Puedes confiar en mí, ya lo sabes —murmuré.
Sin pensarlo, estiré el brazo para tocarle las manos cruzadas, pero Edward las retiró levemente y yo hice lo propio con
las mías.
—No sé si tengo otra alternativa —su voz era un susurro—. Me equivoqué. Eres mucho más observadora de lo que
pensaba.
—Creí que siempre tenías razón.
—Así era —sacudió la
cabeza
otra vez—. Hay otra cosa en la que también me equivoqué contigo. No eres un imán para
los accidentes... Esa no es una clasificación lo suficientemente extensa. Eres un imán para los problemas. Si hay algo peligroso en
un radio de quince kilómetros, inexorablemente te encontrará. — ¿Te incluyes en esa categoría? —Sin ninguna duda.
Su rostro se volvió frío e inexpresivo. Volví a estirar la mano por la mesa, ignorando cuando él retiró levemente las
suyas, para tocar tímidamente el dorso de sus ma nos con las yema s de los dedos. Tenía la piel fría y dura como una piedra.
—Gracias —musité con ferviente gratitud—. Es la segunda vez.
Su rostro se suavizó.
—No dejarás que haya una tercera, ¿de acuerdo?
Fruncí el ceño, pero asentí con la cabeza. Apartó su mano de debajo de la mía y puso ambas sobre la mesa, pero se
inclinó hacia mí.
—Te seguí a Port Angeles —admitió, hablando muy deprisa—. Nunca antes había intentado mantener con vida a
alguien en concreto, y es mucho más problemático de lo que creía, pero eso tal vez se deba a que se trata de ti. La gente normal
parece capaz de pasar el día sin tantas catástrofes.
Hizo una pausa. Me pregunté si debía preocuparme el hecho de que me siguiera, pero en lugar de eso, sentí un extraño
espasmo de satisfacción. Me miró fijamente, preguntándose tal vez por qué mis labios se curvaban en una involuntaria sonrisa.
— ¿Crees que me había llegado la hora la primera vez, cuando ocurrió lo de la furgoneta, y que has interferido en el
destino? —especulé para distraerme.
—Esa no fue la primera vez —replicó con dureza. Lo miré sorprendida, pero él mira ba al suelo—. La primera fue
cuando te conocí.
Sentí un escalofrío al oír sus palabras y recordar bruscamente la furibunda mirada de sus ojos negros aquel primer día,
pero lo ahogó la abrumadora sensación de seguridad que sentía en presencia de Edward.
— ¿Lo recuerdas? —inquirió con su rostro de ángel muy serio.
—Sí —respondí con serenidad.
—Y aun así estás aquí sentada —comentó con un deje de incredulidad en su voz y enarcó una ceja.
—Sí, estoy aquí... gracias a ti —me callé y luego le incité—. Porque de alguna manera has sabido encontrarme hoy.
Frunció los labios y me miró con los ojos entrecerrados mientras volvía a cavilar. Lanzó una mirada a mi plato, casi
intacto, y luego a mí.
—Tú comes y yo hablo —me propuso.
Rápidamente saqué del plato otro ravioli con el tenedor, lo hice estallar en mi boca y mastiqué de forma apresurada.
—Seguirte el rastro es más difícil de lo habitual. Normalmente puedo hallar a alguien con suma facilidad siempre que
haya «oído» su mente antes —me miró con ansiedad y comprendí que me había quedado helada. Me obligué a tragar, pinché
otro ravioli y me lo metí en la boca.
—Vigilaba a Jessica sin mucha atención... Como te dije, sólo tú puedes meterte en líos en Port Angeles. Al principio no
me di cuenta de que te habías ido por tu cuenta y luego, cuando comprendí que ya no estabas con ellas, fui a buscarte a la
librería que vislumbré en la mente de Jessica. Te puedo decir que sé que no llegaste a entrar y que te dirigiste al sur. Sabía que
tendrías que dar la vuelta pronto, por lo que me limité a esperarte, investigando al azar en los pensamientos de los viandantes
para saber si alguno se había fijado en ti, y saber de ese modo dónde estabas. No tenía razones para preocuparme, pero estaba
extrañamente ansioso...
Se sumió en sus pensamientos, mirando fijamente a la nada, viendo cosas que yo no conseguía imaginar.
—Comencé a conducir en círculos, seguía alerta. El sol se puso al fin y estaba a punto de salir y seguirte a pie cuando...
—enmudeció, rechinando los dientes con súbita ira. Se esforzó en calmarse.
— ¿Qué pa só entonces? —susurré. Edward seguía mirando al vacío por encima de mi cabeza.
—Oí lo que pensaban —gruñó; al torcer el gesto, el labio superior se curvó mostrando sus dientes—, y vi tu rostro en
sus mentes.
De repente, se inclinó hacia delante, con el codo apoyado en la mesa y la mano sobre los ojos. El movimiento fue tan
rápido que me sobresaltó.
—Resultó duro, no sabes cuánto, dejarlos... vivos —el brazo amortiguaba la voz—. Te podía haber dejado ir con Jessica
y Angela, pero temía —admitió con un hilo de voz— que, si me dejabas solo, iría a por ellos.
Permanecí sentada en silencio, confusa, llena de pensamientos incoherentes, con las manos cruzadas sobre el vientre y
recostada lánguidamente contra el respaldo de la silla. El seguía con la mano en el rostro, tan inmóvil que parecía una estatua
tallada.
Finalmente alzó la vista y sus ojos buscaron los míos, rebosando sus propios interrogantes.
— ¿Estás lista para ir a casa? —preguntó.
—Lo estoy para salir de aquí —precisé, inmensa mente agradecida de que nos quedara una hora larga de coche antes de
llegar a casa juntos. No estaba preparada para despedirme de él.
La camarera apareció como si la hubiera llamado, o estuviera observando.
— ¿Qué tal todo? —preguntó a Edward.
—Dispuestos para pagar la cuenta , gracias.
Su voz era contenida pero más ronca, aún reflejaba la tensión de nuestra conversación. Aquello pareció acallarla.
Edward alzó la vista, aguardando.
—Claro —tartamudeó—. Aquí la tiene.
La camarera extrajo una carpetita de cuero del bolsillo delantero de su delantal negro y se la entregó.
Edward ya sostenía un billete en la mano. Lo deslizó dentro de la carpetita y se la devolvió de inmediato.
—Quédese con el cambio.
Sonrió, se puso de pie y le imité con torpeza. Ella volvió a dirigirle una sonrisa insinuante.
—Que tengan una buena noche.
Edward no apartó los ojos de mí mientras le daba las gracias. Reprimí una sonrisa.
Caminó muy cerca de mí hasta la puerta, pero siguió poniendo mucho cuidado en no tocarme. Recordé lo que Jessica
había dicho de su relación con Mike, y cómo casi habían avanzado hasta la fase del primer beso. Suspiré. Edward me oyó, y me
miró con curiosidad. Yo clavé la mirada en la acera, muy agradecida de que pareciera incapaz de sa ber lo que pensaba.
Abrió la puerta del copiloto y la sostuvo hasta que entré. Luego, la cerró detrás de mí con suavidad. Le contemplé dar la
vuelta por la parte delantera del coche, de nuevo sorprendida por el garbo con que se movía. Probablemente debería haberme
habituado a estas alturas, pero no era así. Tenía la sensación de que Edward no era la clase de persona a la que alguien pueda
acostumbrarse.
Una vez dentro, arrancó y puso al máximo la calefacción. Había refrescado mucho y supuse que el buen tiempo se había termina do, aunque estaba bien caliente con su cazadora, oliendo su aroma cuando creía que no me veía.
Se metió entre el tráfico, aparentemente sin mirar, y fue esquivando coches en dirección a la autopista.
—Ahora —dijo de forma elocuente—, te toca a ti.