Mis Frases Favoritas

  • El amor concede a los demás el poder para destruirte. A mi me habían roto más allá de toda esperanza.
  • Es más, si hubiera alguna forma de convertirme en humano para estar contigo, no importa un precio, lo pagaría feliz.
  • No esto no cuenta!, Pare de envejecer hace 3 días! . Tendré 18 para siempre.
  • Satisfacción personal es una lujuria que puedes tener sólo después que tus enemigos hayan sido eliminados.
  • Te quiero a ti, y te quiero por siempre. Una vida es simplemente insuficiente para mí.
  • Soy Suiza. Me niego a verme afectada por disputas territoriales entre criaturas.
  • ...Si pudiera soñar seia contigo, y no me avergonzaria de ello.
  • ...Y así el león se enamoro de la oveja... Que oveja tan estupida... Que león tan morboso y masoquista...
  • ¿De cuantas maneras se puede destrozar un(L)y esperar de él que siga latiendo?
  • Mi vida era como una noche sin luna antes de encontrarte, muy oscura, pero al menos habían estrellas, puntos de luz y movimiento...
  • Puedes llevarte mi alma porque no la quiero sin ti. Ya es tuya.
  • Así que ya ves, el infierno no es tan malo si consigues mantener a un ángel a tu lado.
  • Hueles exactamente igual que siempre... Así que quizás esto sea el infierno. Y no me importa. Me parece bien.
  • Yo era como una luna, una luna cuyo planeta había resultado destruido.

28/3/09

21) LA  LLAMADA  

Me percaté de que otra vez era demasiado temprano en cuanto me desperté. Sabía que estaba invirtiendo
progresivamente el horario habitual del día y de la noche. Me quedé tumbada en la cama y escuché las voces tranquilas de
Jasper y Alice en la otra habitación. Resultaba muy extraño que hablaran lo bastante alto como para que los escuchara. Rodé
rápidamente sobre la cama y me incorporé. Luego, me dirigí trastabillando hacia el saloncito.
El reloj que había sobre la televisión marcaba las dos de la madrugada. Alice y Jasper se sentaban juntos en el sofá. Alice
estaba dibujando otra vez, Jasper miraba el boceto por encima del hombro de ésta. Estaban ta n absortos en el trabajo de Alice
que no miraron cuando entré.
Me arrastré hasta el lado de Jasper para echar un vistazo.
— ¿Ha visto algo más? —pregunté en voz baja.
—Sí. Algo le ha hecho regresar a la habitación donde estaba el vídeo, y ahora está iluminada.
Observé a Alice dibujar una habitación cuadrada con vigas oscuras en el techo bajo. Las paredes estaban cubiertas con
paneles de madera, un poco más oscuros de la cuenta, pasados de moda. Una oscura alfombra estampada cubría el suelo. Había
una ventana grande en la pared sur y en la pared oeste un vano que daba a una sala de estar. Uno de los lados de esta entrada
era de piedra y en él se abría una gran chimenea de color canela que daba a ambas habita ciones. Desde este punto de vista, el
centro de la imagen lo ocupaban una televisión y un vídeo —en equilibrio un tanto inestable sobre un soporte de ma dera
demasiado pequeño para los dos—, que se encontraban en la esquina sudoeste de la ha bitación. Un viejo sofá de módulos se
curvaba en frente de la televisión con una mesita de café redonda delante.
—El teléfono está allí —susurré e indiqué el lugar.
Dos pares de ojos eternos se fijaron en mí.
—Es la casa de mi madre.
Alice ya se había levantado del sofá de un salto con el móvil en la mano; empezó a marcar. Contemplé ensimismada la
precisa interpretación de la habitación donde se reunía la familia de mi madre. Jasper se acercó aún más a mí, cosa rara en él, y
me puso la mano suavemente en el hombro. El contacto físico acentuó su influjo tranquilizador. La sensación de pánico se
difuminó y no llegó a tomar forma.
Los labios de Alice temblaban debido a la velocidad con la que hablaba, por lo que no pude descifrar ese sordo
zumbido. No podía concentrarme.
—Bella —me llamó Alice. La miré atontada—. Bella, Edward viene a buscarte. Emmett, Carlisle y él te van a recoger
para esconderte durante un tiempo.
— ¿Viene Edward?
Aquellas palabras se me antojaron como un chaleco salvavidas al que sujetarme para mantener la cabeza fuera de una
riada.
—Sí. Va a tomar el primer vuelo que salga de Seattle. Lo recogeremos en el aeropuerto y te irás con él.
—Pero, mi madre... —a pesar de Jasper, la histeria burbujeaba en mi voz—. ¡El rastreador ha venido a por mi madre,
Alice!
—Jasper y yo nos aseguraremos de que esté a salvo.
—No puedo ganar a la larga, Alice. No podéis proteger a toda la gente que conozco durante toda la vida. ¿No ves lo que
está haciendo? No me persigue directamente a mí, pero encontrará y

hará daño a cualquier persona que yo ame... Alice, no
puedo...
—Le atraparemos, Bella —me aseguró ella.
— ¿Y si te hiere, Alice? ¿Crees que eso me va a parecer bien? ¿Crees que sólo puede hacerme daño a través de mi familia
humana?
Alice miró a Jasper de forma significativa. Una espesa niebla y un profundo letargo se apoderaron de mí y los ojos se
me cerraron sin que pudiera evitarlo. Mi mente luchó contra la niebla cuando me di cuenta de lo que estaba pasando. Forcé a
mis ojos para que se abrieran y me levanté, alejándome de la mano de Jasper.
—No quiero volverme a dormir —protesté enfadada.
Caminé hacia mi habitación y cerré la puerta, en realidad, casi di un portazo para dejarme caer en la cama, hecha
pedazos, con cierta privacidad. Alice no me siguió en esta ocasión. Estuve contemplando la pared durante tres horas y media,
hecha un ovillo, meciéndome. Mi mente vagabundeaba en círculos, intentando salir de alguna manera de esta pesadilla. Pero no
había forma de huir, ni indulto posible. Sólo veía un único y sombrío final que se avecinaba en mi futuro. La única cuestión era
cuánta gente iba a resultar herida antes de que eso ocurriera.
El único consuelo, la única esperanza que me quedaba era saber que vería pronto a Edward. Quizás, sería capaz de
hallar la solución que ahora me rehuía sólo con volverle a ver.
Regresé al salón, sintiéndome un poco culpable por mi comportamiento, cuando sonó el móvil. Esperaba que ninguno
de los dos se hubiera enfadado, que supieran cuánto les agradecía los sacrificios que hacían por mí.
Alice hablaba tan rápido como de costumbre, pero lo que me llamó la atención fue que, por primera vez, Jasper no se
hallaba en la habita ción. Miré el reloj; eran las cinco y media de la mañana.
—Acaban de subir al avión. Aterrizarán a las nueve cuarenta y cinco —dijo Alice; sólo tenía que seguir respirando unas
cuanta s horas más hasta que él llegara.
— ¿Dónde está Jasper?
—Ha ido a reconocer el terreno.
— ¿No os vais a quedar aquí?
—No, nos vamos a instalar más cerca de la casa de tu madre.
Sentí un retortijón de inquietud en el estómago al escuchar sus palabras, pero el móvil sonó de nuevo, lo que hizo que
abandonara mi preocupación por el momento. Alice parecía sorprendida, pero yo ya había avanzado hacia él esperanzada.
— ¿Diga? —Contestó Alice—. No, está aquí —me pasó el teléfono y anunció «Tu madre», articulando para que le leyera
los labios.
— ¿Diga?
— ¿Bella? ¿Estás ahí?
Era la voz de mi madre, con ese timbre familiar que le había oído miles de veces en mi infancia cada vez que me
acercaba demasiado al borde de la acera o me alejaba demasiado de su vista en un lugar atestado de gente. Era el timbre del
pánico.
Suspiré. Me lo esperaba, aunque, a pesar del tono urgente de mi llamada, había intentado que mi mensaje fuera lo
menos alarmante posible.
—Tranquilízate, mamá —contesté con la más sosegada de las voces mientras me separaba lentamente de Alice. No
estaba segura de poder mentir de forma convincente con sus ojos fijos en mí—. Todo va bien, ¿de acuerdo? Dame un minuto
nada má s y te lo explicaré todo, te lo prometo.
Hice una pausa, sorprendida de que no me hubiera interrumpido ya.
— ¿Mamá?
—Ten mucho cuidado de no soltar prenda hasta que haya dicho todo lo que tengo que decir —la voz que acababa de
escuchar me fue tan poco fa miliar como inesperada. Era una voz de hombre, afinada, muy agradable e impersonal, la clase de
voz que se oye de fondo en los anuncios de deportivos de lujo. Hablaba muy deprisa—. Bien, no tengo por qué hacer daño a tu
madre, así que, por favor, haz exactamente lo que te diga y no le pasará nada —hizo una pausa de un minuto mientras yo
escuchaba muda de horror—. Muy bien —me felicitó—. Ahora repite mis palabras, y procura que parezca natural. Por favor, di:
«No, mamá, quédate donde estás».
—No, mamá, quédate donde estás —mi voz apenas sobrepasaba el volumen de un susurro.
—Empiezo a darme cuenta de que esto no va a ser fácil —la voz parecía divertida, todavía agradable y amistosa—. ¿Por
qué no entras en otra habitación para que la expresión de tu rostro no lo eche todo a perder? No hay motivo para que tu madre
sufra. Mientras caminas, por favor, di: «Mamá, por favor, escúchame». ¡Venga, dilo ya!
—Mamá, por favor, escúchame —supliqué.
Me encaminé muy despacio hacia el dormitorio sin dejar de sentir la mirada preocupada de Alice clavada en mi
espalda.
Cerré la puerta al entrar mientras intentaba pensar con claridad a pesar del pavor que nublaba mi mente.
— ¿Hay alguien donde te encuentras ahora? Contesta sólo sí o no.
—No.
—Pero todavía pueden oírte, estoy seguro.
—Sí.
—Está bien, entonces —continuó la voz amigable—, repite: «Mamá, confía en mí».
—Mamá, confía en mí.
—Esto ha salido bastante mejor de lo que yo creía. Estaba dispuesto a esperar, pero tu madre ha llegado antes de lo
previsto. Es más fácil de este modo, ¿no crees? Menos suspense y menos ansiedad para ti.
Esperé.
—Ahora, quiero que me escuches con mucho cuidado. Necesito que te alejes de tus amigos, ¿crees que podrás hacerlo?
Contesta sí o no.
—No.
—Lamento mucho oír eso. Esperaba que fueras un poco más imaginativa. ¿Crees que te sería más fácil separarte de ellos
si la vida de tu madre dependiera de ello? Contesta sí o no.
No sabía cómo, pero debía encontrar la forma. Recordé que nos íbamos a dirigir al aeropuerto. El Sky Harbor
International siempre estaba atestado, y tal y como lo habían diseñado era fácil perderse...
—Eso está mejor. Estoy seguro de que no va a ser fácil, pero si tengo la más mínima sospecha de que estás acompañada,
bueno... Eso sería muy malo para tu madre —prometió la voz amable—. A estas alturas ya debes saber lo suficiente sobre
nosotros para comprender la rapidez con la que voy a saber si acudes acompañada o no, y qué poco tiempo necesito para
cargarme a tu madre si fuera necesario. ¿Entiendes? Responde sí o no.
—Sí —mi voz se quebró.
—Muy bien, Bella. Esto es lo que has de hacer. Quiero que vayas a casa de tu madre. Hay un número junto al teléfono.
Llama, y te diré adonde tienes que ir desde allí —me hacía idea de adonde iría y dónde terminaría aquel asunto, pero, a pesar
de todo, pensaba seguir las instrucciones con exactitud—. ¿Puedes hacerlo? Contesta sí o no.
—Y que sea antes de mediodía, por favor, Bella. No tengo todo el día —pidió con extrema educación.
— ¿Dónde está Phil? —pregunté secamente.
—Ah, y ten cuidado, Bella. Espera hasta que yo te diga cuándo puedes hablar, por favor.
Esperé.
—Es muy importante ahora que no hagas sospechar a tus amigos cuando vuelvas con ellos. Diles que ha llamado tu
madre, pero que la has convencido de que no puedes ir a casa por lo tarde que es. Ahora, responde después de mí: «Gracias,
mamá». Repítelo ahora.
—Gracias, mamá.
Rompí a llorar, a pesar de que intenté controlarme.
—Di: «Te quiero, ma má. Te veré pronto». Dilo ya.
—Te quiero, mamá —repetí con voz espesa—. Te veré pronto.
—Adiós, Bella. Estoy deseando verte de nuevo.
Y colgó.
Mantuve el móvil pegado al oído. El miedo me había agarrotado los dedos y no conseguía estirar la mano para soltarlo.
Sabía que debía ponerme a pensar, pero el sonido de la voz aterrada de mi madre ocupaba toda mi mente.
Transcurrieron varios segundos antes de que recobrara el control.
Despacio, muy despacio, mis pensamientos consiguieron romper el espeso muro del dolor. Planes, tenía que hacer
planes, aunque ahora no me quedaba más opción que ir a la habitación llena de espejos y morir. No había ninguna otra
garantía, nada con lo que pudiera salvar la vida de mi madre. Mi única esperanza era que James se diera por satisfecho con
ganar la partida, que derrotar a Edward fuera suficiente. Me agobiaba la desesperación, porque no había nada con lo que
pudiera negociar, na da que le importara para ofrecer o retener. Pero por muchas vueltas que le diera no había ninguna otra
opción. Tenía que intentarlo.
Situé el pánico en un segundo plano lo mejor que pude. Había tomado la decisión. No servía para nada perder tiempo
angustiándome sobre el resultado. Debía pensar con claridad, porque Alice y Jasper me estaban esperando y era esencial,
aunque parecía imposible, que consiguiera escaparme de ellos.
Me sentí repentinamente agradecida de que Jasper no estuviera. Hubiera sentido la angustia de los últimos cinco
minutos de haber estado en la habitación del hotel, y en tal caso, ¿cómo iba a evitar sus sospechas? Contuve el miedo, la
ansiedad, intenta ndo sofocarlos. No podía permitírmelos ahora, ya que no sabía cuándo regresaría Jasper.
Me concentré en la fuga. Confia ba en que mi conocimiento del aeropuerto supusiera una baza a mi favor. Era prioritario
alejar a Alice como fuera...
Era consciente de que me esperaba en la otra habitación, curiosa. Pero tenía que resolver otra cosa más en privado antes
de que Jasper volviera.
Debía aceptar que no volvería a ver a Edward nunca más, ni siquiera una última mirada que llevarme a la habitación de
los espejos. Iba a herirle y no le podía decir adiós. Dejé que las oleadas de angustia me tortura ran y me inundaran un rato.
Entonces, también las controlé y fui a enfrentarme con Alice.
La única expresión que podía adoptar sin meter la pata era la de una muerta, con gesto ausente. La vi alarmarse, y no
quise darle ocasión de que me preguntara. Sólo tenía un guión preparado y no me sentía capaz de improvisar ahora.
—Mi madre estaba preocupada, quería venir a Phoenix —mi voz sonaba sin vida—. Pero todo va bien, la he convencido
de que se mantenga alejada.
—Nos aseguraremos de que esté bien, Bella, no te preocupes.
Le di la espalda para evitar que me viera el rostro.
Mis ojos se detuvieron en un folio en blanco con membrete del hotel encima del escritorio. Me acerqué a él lentamente,
con un plan ya formándose en mi cabeza. También había un sobre. Buena idea.
—Alice —pregunté despacio, sin volverme, manteniendo inexpresivo el tono de voz—, si escribo una carta para mi
madre, ¿se la darás? Quiero decir si se la puedes dejar en casa.
—Sin duda, Bella —respondió con voz cautelosa, porque veía que estaba totalmente destrozada.
Tenía
que controlar
mejor mis emociones.
Me dirigí de nuevo al dormitorio y me arrodillé junto a la mesita de noche para apoyarme al escribir.
—Edward... —garabateé.
Me temblaba la mano, tanto que las letras apenas eran legibles.

Te quiero. Lo siento muchísimo—. Tiene a mi madre en su poder y he de intentarlo a pesar de saber que no funcionará. Lo siento mucho, muchísimo.
No te enfades con Alice y Jasper, si consigo escaparme de ellos será un milagro, dales las gracias de mi parte en especial a Alice por favor.
Y te lo suplico por favor no le sigas, creo que eso es precisamente lo que quiere. No podría soportar que alguien saliera herido por mi culpa, especialmente tú, por favor es lo único que te pido. Hazlo por mí.
Te quiero,perdóname
Bella

Doblé la carta con cuidado y sellé el sobre. Ojala que lo encontrara. Sólo podía esperar que lo entendiera y me hiciera
caso, aunque fuera sólo esta vez.
Y también sellé cuidadosamente mi corazón.